Perdí este argumento con mi esposa, y fue lo mejor

QUE le pudo pasar a mi familia

Ella decía que sí. Yo decía que no. Ella decía que sí. Y todo parecía un tango fuera de ritmo.

Le puse todas las excusas que puede: que nuestros empleos nos impedían llevar a las niñas entre semana a las prácticas de fútbol; que había demasiados torneos los fines de semana, que costaba demasiado dinero, que ya estaban en clase de música…


Es que, es que…pero, pero.

Mi esposa insistió. Ella nació en Latinoamérica, donde la cultura del deporte típicamente se limita a lo que ofrecen las escuelas.

Fue así que ella creció sin practicar deportes y hacer ejercicio, y ella no quería que pasara lo mismo con las niñas.


Finalmente dije que sí, aunque sospecho que la decisión ya estaba tomada: inscribiríamos a nuestras hijas en clases de fútbol. En el poco tiempo que las niñas llevan pateando balones (o más bien que los balones han estado chocando contra sus piernas) aprendí que esto fue lo mejor que le pudo pasar a mi familia porque:

Inscribirlas en el fútbol me ha dado la oportunidad de ser un mejor papá

Llegué a casa el otro día, cansado después de un largo día de trabajo, abrí la puerta y frente a mi estaban dos niñas completamente uniformadas, con un balón en los brazos y una sonrisa en la cara: “¡Papi vamos al parque. Tú eres el portero!” Defendí la portería como mejor pude contra el constante bombardeo de dos delanteras efusivas. Esa tarde fui el mejor papá del mundo, y gracias a ello mi familia es más fuerte hoy que ayer.

¡Papi vamos al parque.  Tú eres el portero!

La familia trabaja cada vez mejor en equipo

Los deportes son importantes para mi esposa. Ahora lo entiendo. Ella cambió su horario de trabajo, modificó las clases de música para no coincidir con los torneos, aumentó la nutrición en la dieta de las niñas. Pero no puede hacerlo sin ayuda. Yo soy quien va al supermercado cuando es necesario, el que se encarga de la cena los días de entrenamientos (aunque eso solo significa que compro comida para llevar o sirvo cereal). Las niñas tienen que organizar su uniforme, ponerlo en sus bolsas de gimnasio, tomarse un baño después de entrenar y dejar todo listo para el siguiente partido.

Estamos dejando atrás nuestro estilo de vida sedentario

Los teléfonos, tabletas y computadoras iluminaban tenuemente los rostros de mi esposa y cada una de mis tres hijas la tarde que me di cuenta que éramos una familia sedentaria. Las clases de fútbol cambiaron eso. Nuestros cuerpos hoy en día están en constante movimiento. Si no estamos subiendo y bajando cosas del auto, las niñas están practicando y a veces hasta mi esposa y yo pateamos el balón un rato mientras esperamos entre partidos.

Hemos aprendido lecciones importantes de vida

En sus primeros partidos mi hija de nueve años lograba posicionarse bien en el campo, corría bastante bien, pero por alguna razón evitaba contacto con el balón. ¿Por qué, mija?, le pregunté. “Tengo miedo, papi. Tengo miedo que me quiten el balón.” Le expliqué que no se preocupara, que era parte del juego. La cancha nos dio la oportunidad de hablar sobre temas que van más allá de la cancha.


Esta experiencia también me hizo aprender una lección importante:

tengo que hacerle más caso a mi esposa.

MÁS PARA UN DÍA GRANDIOSO